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Acuarelas
Estoy convencido, desde hace mucho tiempo, de que las cosas encierran en su adentro una especie de alma que, a veces, tiembla y se estremece al calor de la mirada. Pero este recóndito soplo de vida, que contienen los objetos en lo más hondo de sus entresijos, solo se enciende cuando acertamos a contemplarlos en su propia identidad, tal como son ellos mismos. Las más de las ocasiones vemos las cosas pensando en lo que valen, o sea, en la utilidad que nos suponen, y este pensamiento se interpone entre nosotros y ellas, emborronándonos su imagen. Por eso ordinariamente las cosas se nos aparecen frías y sin alma, es decir “desalmadas”, y silentes, porque nada nos dicen.
Sin embargo, cuando uno trata de capturar la apariencia de las
cosas para colocarla aprisionada tras la ventana del cuadro, no basta con
mirarlas, es preciso “admirarlas”, es decir, entrar en comunión con ellas,
enalteciéndolas con una visión amorosa. Entonces es cuando su superficie arisca
empieza a ceder, y se hace traslúcida, para que podamos adentrar el dardo de la
mirada en su tibia entraña palpitante.
Confieso que en esta tarea de buscarle a las cosas el pálpito, íntimo y cordial, que contienen, he tenido más satisfacciones con los motivos menudos, íntimos y cotidianos. Seguramente porque todos pasan a su lado sin hacerles caso, se rinden con menos pugna ante la caricia de una contemplación enamorada. Y además, estas cosas, que no solemos considerar importantes, son las que mejor guardan, agradecidas, el poso dejado por cada contemplación entusiasta. Porque, digámoslo abiertamente, esa sutil palpitación que las cosas tienen dentro y que tan tacañas son para mostrárnosla, no es más que la huella de otras miradas pretéritas que revolotearon en su entorno, y dejaron sobre su rostro un estremecimiento de cariño, como los insectos prehistóricos atrapados en la dorada claridad del ámbar.
De este modo pienso que, cuando alcanzo a saborear
la tierna almendra encarcelada bajo la corteza de los objetos, estoy paladeando
la contemplación amorosa de otras personas, y reviviendo nostálgicamente mi
propia admiración de otros momentos. Si, al transcribir en los cuadros mi
visión de los objetos, consigo que los espectadores escuchen ese leve latido
del alma de las cosas, daré mi trabajo por bien empleado.
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Actualizado 29-11-2007