Germán Ramallo Asensio. Catedrático de Historia del Arte en la
Universidad de Murcia
Todos los años desde hace ya no sé cuántos, acudo a la cita
artística a la que me convoca Antonio Díaz Bautista, el serio y cabal profesor de Derecho de nuestra
Universidad y todos los años. obtengo la grata sensación de que con ello recibo
su abrazo más sincero y cálido desde lo más profundo de su espíritu. Antonio,
ese hombre tan "grande" y a veces, despistado y ausente, nos habla
frecuentemente desde las páginas de la prensa de temas que le preocupan o
comprometen, quiere abrirse y hacer partícipe al anónimo lector de su forma de
pensar y con ello, de su forma de ser y sentir los aconteceres, que van
saliendo al paso de nuestra diaria existencia. Necesita comunicarse,
simplemente opinando, sin imponer ni pontificar: busca el diálogo en un mundo
de críptico hermetismo intelectual y profundo silencio emocional. Una vez al
año sale por completo a la luz de la calle y sin pudor, se muestra en sus
bellas y sentidas acuarelas; y digo se muestra y añado: hasta se exhibe, porque
lo que nos presenta es su mundo interior reflejado en el mundo cotidiano, que
le rodea. nos rodea. Son vistas aparente conocidas, reconocibles, hasta
vulgares pero en ellas está su pasado y presente, así como el de cada
espectador que acude a su cita. Lo que nos muestra es la emoción que le produce
y por nos produce, el pequeño detalle existente. recordado o deseado, que puede
existir en un pulcro y ordenado interior de esa casa murciana que todos hemos
conocido. donde se puede aún sentir la latencia de lo vivido y querido.
Nos puede destacar ese rincón. medio
en sombra que acoge la leja con pulcro tapete blanco, en que se recoge con mimo
la loza más apreciada de la familia; el rincón del patio enlosado con barro en
el que se colocan los macetones recalentados por el sol de invierno, en que se
han plantado las especies "sufridoras'' que ponen una nota verdosa o
grisácea entre esos ocres encandilados: o también el balcón cerrado o entornado
con las maderas protectoras de la mucha luz o los pudorosos visillos, en los
que siempre aparecen las macetas con las plantas variadas, crecidas, a duras
penas, a golpe de escaso riego y mucho sol. A veces, en los callados interiores se muestran gruesos libros a medio leer,
acompañados de un humilde recipiente con flores, como homenaje a los sentidos
de la vista y el olfato y, al supremo goce de la lectura. Díaz Bautista no se
quiere escapar del peso que la procesión de Semana Santa tiene en cualquier
habitante de esta tierra murciana y también nos indica cual es su visión de
ella: lo suyo es el nazareno, son los hombres portando tronos, individualizados
en su esfuerzo común y también la vista parcial del espectáculo: es francamente
valiente su acuarela de la Salida de la procesión de los coloraos, que presentó
en la colectiva que llevaba por título ese color y se celebró este año. en la
Sala Luis Garay. Pero el afán de comunicarse con el espectador no cesa en Díaz
Bautista y también nos ofrece la visión particular de aquello que descubre en
sus viajes; lo que más le gusta, lo que más le emociona ya sea las modestas
fachadas de una soleada calle de pueblo. ya una simple puerta pintada de azul,
ese azul tan del gusto popular. o una vista de camino polvoriento que lleva a
algún lugar aislado del presente. Son muchos años los que lleva de trabajo
humilde y silencioso, que sólo se deja oír de vez en cuando, a la hora de su
convocatoria y de ese cálido abrazo que nos da a todos con su vivencias
materializadas hechas imagen de referente universal y, en esos años Antonio
Díaz Bautista ha conseguido auténtica maestría en algunos de sus temas y
principalmente, en esos conjuntos de lozas vidriadas y coloreadas, algunas más
de uso diario, otras ya antiguas que se guardan con cuidado y que él ha sabido
mostrar por el barniz patinado y más opaco, que ha sido consecuencia del paso
del tiempo. De nuevo asistimos a tu cita anual y escuchamos tu queda voz que
nos habla de tus sentires que son los nuestros y de todo aquel que se pare a escuchar
con humildad y respeto.
Septiembre de 2001
BUSCANDO EL ALMA DE LAS COSAS
Estoy convencido, desde
hace mucho tiempo, de que las cosas encierran en su adentro una especie de alma
que, a veces, tiembla y se estremece al calor de la mirada. Pero este recóndito
soplo de vida, que contienen los objetos en lo más hondo de sus entresijos,
solo se enciende cuando acertamos a contemplarlos en su propia identidad, tal
como son ellos mismos. Las más de las ocasiones vemos las cosas pensando en lo
que valen, o sea, en la utilidad que nos suponen, y este pensamiento se
interpone entre nosotros y ellas, emborronándonos su imagen. Por eso
ordinariamente las cosas se nos aparecen frías y sin alma, es decir
“desalmadas”, y silentes, porque nada nos dicen. Sin embargo, cuando uno trata
de capturar la apariencia de las cosas para colocarla aprisionada tras la
ventana del cuadro, no basta con mirarlas, es preciso “admirarlas”, es decir,
entrar en comunión con ellas, enalteciéndolas con una visión amorosa. Entonces
es cuando su superficie arisca empieza a ceder, y se hace traslúcida, para que
podamos adentrar el dardo de la mirada en su tibia entraña palpitante.
Confieso que en esta
tarea de buscarle a las cosas el pálpito, íntimo y cordial, que contienen, he
tenido más satisfacciones con los motivos menudos, íntimos y cotidianos.
Seguramente porque todos pasan a su lado sin hacerles caso, se rinden con menos
pugna ante la caricia de una contemplación enamorada. Y además, estas cosas,
que no solemos considerar importantes, son las que mejor guardan, agradecidas,
el poso dejado por cada contemplación entusiasta. Porque, digámoslo
abiertamente, esa sutil palpitación que las cosas tienen dentro y que tan
tacañas son para mostrárnosla, no es más que la huella de otras miradas
pretéritas que revolotearon en su entorno, y dejaron sobre su rostro un
estremecimiento de cariño, como los insectos prehistóricos atrapados en la
dorada claridad del ámbar. De este modo pienso que, cuando alcanzo a saborear
la tierna almendra encarcelada bajo la corteza de los objetos, estoy paladeando
la contemplación amorosa de otras personas, y reviviendo nostálgicamente mi
propia admiración de otros momentos. Si, al transcribir en los cuadros mi
visión de los objetos, consigo que los espectadores escuchen ese leve latido
del alma de las cosas, daré mi trabajo por bien empleado.
(c) Antonio Díaz Bautista. 2002
Actualizado 25-7-2005